La kazaja levanta un 0-3 adverso en la tercera manga, con un parcial de cinco juegos, y se corona por primera vez en Melbourne, segunda en un gran escenario

Moldes y patrones similares, fondos radicalmente diferentes. De un año a otro, el mismo fotograma: los ojos tristones de la número uno, Aryna Sabalenka, después de haber cedido otra vez en la final del Open de Australia. Esta vez, el origen de su frustración no es Madison Keys, sino otra pegadora de manual que sin hacer ruido, estridencia alguna ni participar de circos, sino sencillamente siendo ella misma, tan silenciosa, tan efectiva, se corona en Melbourne y levanta la mano: aquí, Elena Rybakina. Ella, por primera vez triunfadora en las antípodas, segunda en un Grand Slam: 6-4, 4-6 y 6-4, tras 2h 18m.

De nuevo, la cara larga y el gesto frustrado de Sabalenka, escena recurrente para una jugadora hacia la que conducen casi todos los caminos de la lógica: le pega más fuerte y, probablemente, más acorde que ninguna a los tiempos que corren. Sin embargo, en la época de la velocidad, el sentido único y el puño firme no conviene desmerecer lo más importante de todo: saber reducir una marcha cuando toca. El gran misterio de la mente. Sigue costándole. Todo ese ímpetu que le empuja y le multiplica le pasa en ocasiones factura, y son ya tres grandes finales entregadas en un intervalo de doce meses.