La plaza de las Tres Culturas guarda el recuerdo a las víctimas del movimiento estudiantil de 1968, ruinas indígenas o una escondida sala de arte público con un mural de Siqueiros
La Historia, con mayúscula, atrapará con certeza a cualquier desprevenido que se aventure hasta la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, en pleno corazón de Ciudad de México. En este mismo sitio se explayó uno de los núcleos comerciales más grandes y organizados del mundo indígena. Hoy, reconstruir su ambiente trepidante requiere un ejercicio de imaginación. Basta andar unos pasos y asomarse al foso vecino en el que una sucesión de estructuras misteriosas aún resisten: allí se ven, quizás, los templos ceremoniales, allá los altares y palacios mexicas que se presume dominaron este paisaje. Hoy solo queda el silencio. Y los muros de tezontle, esa piedra volcánica, rojiza o negruzca, característica de la época prehispánica.
El arquitecto Rodrigo Torres es vecino de Tlatelolco y dirige el centro creativo Mirador. Cuenta que el gran mercado funcionaba como un rastro, con la estructura de materiales efímeros: “En el Museo del Templo Mayor, al lado del Zócalo, se han encontrado restos de alimentos, como crustáceos o mariscos, que no se explica cómo llegaron a Tenochtitlan. La respuesta parece indicar que había un intercambio comercial entre los dos grupos locales”. El ojo avezado de Torres también descubre el contorno de lo que fue, al parecer, un espacio ceremonial.






