La estratégica isla sueca del mar Báltico, a solo 275 kilómetros del territorio ruso de Kaliningrado, levanta una arquitectura de defensa total ante una posible agresión del Kremlin. La preparación de los civiles apuntala la presencia creciente de militares

El sargento Björn Edvinger, de 33 años, conduce hasta la loma. La temperatura ronda los -4º, pero la humedad es alta y el frío atraviesa los huesos. El camión militar, provisto de ruedas todoterreno de envergadura, se enfanga entre la nieve y la tierra. Un instante después de hacer cumbre, rugen por uno de los costados cuatro tanques de un pelotón del regimiento P18 hacia una arboleda. Son los Stridsvagn 122, una versión mejorada de los Leopard alemanes. Primero el silbido de la munición, luego el estruendo. Los cañones disparan proyectiles del 25, un calibre menor utilizado en ejercicios como este. “Necesitamos poder levantarnos contra una amenaza extranjera llegado el momento”, explica junto a su blindado el recluta Gustav Arnström, de 19 años. Localización de las maniobras: costa occidental de la isla sueca de Gotland, en el mar Báltico. El objetivo es repeler una ofensiva aerotransportada. El enemigo en mente: Rusia.

Dicen por aquella tierra que los suecos, si bien son buenos construyendo cosas, también lo son, y con afán, desmontándolas. Así sucedió tras el fin de la Guerra Fría en esta isla, la mayor del Báltico, poblada por 61.000 habitantes. Décadas al borde del desastre nuclear habían movilizado a cerca de 25.000 soldados —en torno a 2.000 desplegados en el terreno— para proteger Gotland. Cayó el telón de acero y Suecia, como tantos aliados, creyó que la paz sería eterna y los ejércitos, más prescindibles. Tan solo un puñado de reservistas mantuvieron el sitio en esta isla del tamaño de la provincia de Álava, pero de una relevancia estratégica extraordinaria. “Quien posee Gotland puede dictar quién navega o vuela en la región báltica”, dice el coronel Dan Rasmussen, de 58 años, al frente del regimiento. El exclave ruso de Kaliningrado está a solo 275 kilómetros. Un tiro de piedra.