El número uno, tocado desde el tercer set, remonta en cinco mangas y tras 5h 27m: 6-4, 7-6(5), 6-7(3), 6-7(4) y 7-5. Se enfrentará el domingo (9.30) a Sinner o Djokovic
Vencedor y, por tanto, finalista por primera vez del Open de Australia, Carlos Alcaraz señala con el dedo a la muchedumbre que abarrota la Rod Laver Arena de Melbourne, testigo otra vez de algo cercano a lo inverosímil. 15.000 personas se echan las manos a la cabeza. ¿Lo ha hecho? Efectivamente, lo ha hecho. Pero, ¿cómo demonios?, le pregunta en la entrevista Jim Courier. “Believing. Believing all the time”, responde feliz el número uno, simplificando. Como si fuera tan sencillo, tan fácil. En el fondo, al murciano, todavía un chico, no le falta razón: creer y más creer. Al parecer, el tenis (y tantas cosas) iba de eso.
Por toda esa fe que a él le sobra pagaría una millonada Alexander Zverev, un tenista quijotesco que choca una y otra vez contra los molinos. Roto, de alguna manera. Cumplirá 29 años y nunca llega al puerto que más desea. Cada vez que lo tiene ahí, mal de altura. Se le escapa este viernes otra vez, después de un maratón de 5h 27m: 6-4, 7-6(5), 6-7(3), 6-7(4) y 7-5. Sin opciones al principio, los calambrazos y las rampas de Alcaraz le han devuelto al pulso, pero conforme este ha ido ganando altura, entrando en ese indescifrable terreno de lo terminal, ha ido disolviéndose. Un bofetón monumental. Otro más en su colección.
















