La sociedad norteamericana es contradictoria, fragmentada, pero también capaz de una solidaridad inmediata y no ideológica
He vivido 25 años en Estados Unidos. No como turista ni como observadora ocasional, sino como alguien que ha hecho allí la mayor parte de su vida. Estudié, trabajé, pagué impuestos, tuve a mi hija, me naturalicé estadounidense. También maldije su política mil millones de veces. Ahora
html" data-link-track-dtm="">he vuelto a España y, desde aquí, veo las noticias sobre Estados Unidos con una inquietud que me entristece: ¿por qué apenas se indaga sobre la resistencia civil cotidiana frente a la crueldad institucional? ¿Por qué parece que solo existe la maquinaria —el ICE, redadas, miedo— y no las manos que intentan amortiguar su violencia?
No escribo esto para negar lo evidente. El sadismo institucional de las políticas migratorias es real. El ICE no es una abstracción: es una presencia concreta en barrios, escuelas, hospitales. Pero reducir la sociedad norteamericana a la imagen de una masa indiferente o cómplice es una simplificación que, además de injusta, resulta peligrosa. Porque borra algo esencial: la persistencia de una ética comunitaria que actúa.
Desde fuera, Estados Unidos suele presentarse como un bloque: un país endurecido, ignorante, incapaz de responder moralmente a su propio aparato de violencia estructural. Desde dentro, la imagen es otra. Fragmentada, contradictoria, profundamente desigual, sí, pero también atravesada por una corriente subterránea de solidaridad que rara vez se convierte en titular.






