Las cacerolas de Le Creuset, que cumplieron un siglo de vida en 2025, se elaboran en un pequeño pueblo francés. Entramos en su fábrica para ver cómo se da forma a estos auténticos objetos de deseo
Abril de 1924. La ciudad de Bruselas acoge una nueva edición de la Feria Internacional del Comercio, donde fabricantes procedentes de más de una veintena de países acuden a mostrar los últimos avances en su sector. Allí coinciden dos industriales belgas, Armand Desaegher y Octave Aubecq, uno especialista en hierro fundido y otro en esmaltado, que comienzan a darle forma a la que acabará siendo una de las cacerolas más icónicas del siglo XX. Sin saberlo, estaban sembrando la semilla de un imperio de utensilios de cocina centenario.
Un año después de este encuentro, nacería Le Creuset. Lo hizo al otro lado de la frontera, en el pueblo de Fresnoy-le-Grand, situado al norte de Francia, donde Desaegher y Aubecq establecieron su fábrica. A pesar de su reducido tamaño, por estar junto a las vías del tren, Fresnoy-le-Grand contaba con una ubicación privilegiada para recibir todas las materias primas que iban a necesitar. En esta fábrica, hoy renovada y ampliada, nos adentramos para ver de cerca cómo nacen las célebres cocottes de hierro esmaltado.






