La protección de los derechos humanos básicos queda sujeta ahora a los dictados de la razón de Estado o los caprichos de las aventuras imperiales

Uno de los géneros de ficción que ha gozado de mejor salud en los últimos años es el de la distopía. Al igual que ocurre con su reverso radical, la utopía, se ha concebido casi siempre, por definición, como algo situado en el futuro: ficciones sobre lo que está por venir, pues. De ahí la dificultad para asociarlas a la posibilidad de que puedan encarnarse en el presente. Sin embargo, el primer aviso lo tuvimos ya con la pandemia del coronavirus, que en sus inicios pareció materializar una de esas catástrofes largamente imaginadas. A pesar de los millones de víctimas que causó, y gracias a las campañas de vacunación masiva, al final logramos doblegarla y relegarla al olvido. Lo más espeluznante es que hoy basta con abrir cualquier diario para que nos asalte una sensación similar, la de estar deslizándonos hacia escenarios que creíamos reservados a la ficción, tan familiares por el cine o la literatura, y ahora mismo tan inquietantemente próximos.

Desde hace algunos años, los jinetes del Apocalipsis parecen haberse puesto de acuerdo para reanudar su galopada por el mundo. A 300 años del nacimiento de Immanuel Kant, el autor de La paz perpetua, la posibilidad de la guerra ha vuelto a situarse en el centro de nuestros temores. No solo por la desastrosa invasión de Ucrania —que suma ya más de un millón y medio de rusos y ucranios entre muertos y heridos—, o por el conflicto de Gaza. Vladímir Putin ha normalizado también la amenaza nuclear, y emprende una guerra difusa, “híbrida”, que se expande con profusión en territorio europeo, con China como otro actor de fondo. Retornan la guerra y la violencia, aquellos males que creíamos haber exorcizado mediante la creación de un sistema de reglas más o menos imperfecto.