Como lo emite TVE y no Mediaset, los famosos no son de medio pelo, de esos cuya única vida laboral ha sido ser superviviente o tentador, aquí hay patas negras y para saber quiénes son sólo hay que ver el tiempo que se le dedica a cada uno, aunque no hagan ni el huevo

Tres cuestiones para empezar: ¿Puede haber alguien en televisión más irritante que Eduardo Casanova? ¿Son capaces los Gemeliers de decir más de dos frases sin arrancarse a cantar? ¿Por qué en los realities de reformas únicamente decoran lujosos casoplones cuando el mérito sería darle alegría de vivir al semisótano de un piso de protección oficial?

Y dicho esto, empecemos por el principio. La gran apuesta de TVE empezó a las once de la noche y terminó a las dos menos diez de la madrugada, un formato para toda la familia, sí, pero la del conde Drácula. “Todos creemos que tenemos un decorador dentro”, arrancó la presentadora Patricia Montero, sonriente y encantada de estar cotizando. Pues no. Todos, no. A pesar de llevar más de diez años en mi casa, aún no he puesto cortinas y todavía tengo las bombillas desnudas. No tengo gusto. Los botelleros con forma de bola del mundo me parecen el súmmum del estilo y la gama Billy de Ikea la sofisticación hecha aglomerado. Donde otros ven objetos decorativos, yo solo veo algo a lo que quitar el polvo y que habrá que embalar y trasladar en una mudanza, o sea, un gran no. Pero al igual que MasterChef no va de cocinar, esto no va de decorar, va de mezclar famosos para que suelten el pico y nos den un poco de corazón como si estuviésemos en De Fiesta.