Vivimos en una emergencia geopolítica continuada, más difusa que un accidente ferroviario, pero no menos real
Ojalá no tuviera que escribir hoy esta columna, porque eso significaría que las 45 personas que fallecieron en el accidente de Adamuz seguirían enredadas en sus vidas cotidianas. Unos estarían aguardando la nota de los exámenes de la oposición a la que se presentaron en Madrid y otros, saboreando los recuerdos de ese partid...
o soñado en el Bernabéu. Todos estarían con sus familias y sus amigos, transitando por esas rutinas que a veces vivimos como un lastre, pero se convierten en un tesoro cuando constatamos que un drama como el vivido estos días puede fulminarlas de golpe. La tragedia de Córdoba nos marcará a todos, pero, paradójicamente, nos regala el mejor y más reciente ejemplo de cómo una ciudadanía más formada y solidaria, junto al trabajo de instituciones responsables y reactivas, puede convertir las redes sociales en el mejor instrumento de comunicación y apoyo en una situación de emergencia. Contrariamente a lo que sucedió en octubre de 2024, cuando la dana de Valencia arrastró casas, vidas y también una parte sustancial de la verdad, en esta ocasión el ruido no ha ganado la partida.






