El alpinista catalán revela en una entrevista a ‘The New York Times’ su forma de afrontar la pérdida en la montaña y confirma a EL PAÍS su propia extrañeza: “Es curioso cómo podemos cambiar los patrones de conducta ante lo extraordinario”

El 17 de junio de 2012, Kilian Jornet estuvo a un suspiro, un gesto, un algo que jamás llegará a comprender… de perder la vida. En su lugar, se mató Stéphane Brosse, un campeón francés de esquí de montaña, un ser admirado, una suerte de mentor. Ambos estaban a punto de alcanzar la Aguja de Argentière, durante la travesía del macizo del Mont Blanc en la compañía de dos amigos más. Ninguno advirtió que las pieles de sus esquís se deslizaban sobre un terreno inestable, efímero casi: estaban sobre una cornisa de nieve, un capricho creado por el viento que acumula nieve sobre el filo de la montaña creando una suerte de pasarela sobre el vacío tan débil como aparentemente sólido. La cornisa cedió bajo el peso de Brosse, ligeramente adelantado al grupo y escorado hacia el abismo. Sufrió una caída fatal de 600 metros de desnivel. Kilian Jornet sobrevivió, pero empezó a hacerse preguntas, tal y como revela en una entrevista concedida a The New York Times.

Pero las preguntas planteadas difícilmente encuentran respuestas satisfactorias cuando se mezclan la incomprensión, la culpa, la desazón. “Después de cada carrera, iba a la fiesta posterior y bebía mucho alcohol. Y no me gusta el sabor del alcohol. Durante un par de años, me emborrachaba un par de veces al año solo para tratar de escapar y lidiar con el duelo”, afirma para el rotativo estadounidense. ¿Kilian con problemas de alcohol? En conversación telefónica, Jornet aborda el asunto con la misma naturalidad con la que se enfrenta a los peligros de la montaña: “Lo cierto es que así fue. Tras la muerte de Stéphane, los meses que siguieron me emborrachaba en las fiestas tras las carreras. Después de ese episodio que duró unos meses nunca he vuelto a probar el alcohol, pero en aquel entonces era muy joven (25 años) y fue mi manera de pasar el duelo por su muerte. Es curioso cómo podemos cambiar los patrones de conducta cuando nos enfrentamos a situaciones de duelo o a hechos extraordinarios”.