En el mundo hay dos grandes clases de personas: las que hacen las cosas bien y las que se salen con la suya

El tuit viral de la semana muestra un lavavajillas con la puerta abierta, lleno de cacharros amontonados como un derrumbe, y sentencia “en cada relación hay una persona que carga el lavavajillas como lo haría un arquitecto romano y otra que lo carga como un mapache puesto hasta las cejas de metanfetamina”. ...

En el mundo hay dos grandes clases de personas: las que hacen las cosas bien y las que se salen con la suya.

“Relájate. Qué manías. Cada uno lo hace a su manera” llega, a menudo, a oídos de las primeras. Las segundas fluyen, más afables, no tan quisquillosas, mecidas en la paz de espíritu que da contar con que detrás de cada acción bienintencionadísima con resultado lamentable aparecerá un “deja, que ya lo hago yo” muy conveniente.

Esta forma de pequeña incompetencia cotidiana es un fenómeno curiosísimo. Lejos de penalizar al incompetente, le resulta sospechosamente oportuna y provechosa. Si el desmañado persevera, el sistema terminará recompensándole. Y el premio está al alcance de cualquiera. El milagro no hace distinciones de clase, género o edad. Es transversal. Florece tanto en matrimonios clásicos como en pisos de estudiantes.