Mané, capitán senegalés, se enfrenta a su seleccionador, evita un plante sin precedentes, y permite a su equipo recuperarse y ganar el partido en la prórroga (1-0)
Sadio Mané se negó a abandonar el campo después de que todos sus compañeros de Senegal, con el seleccionador Pape Thiaw al frente, se retirasen en protesta por el penalti que les pitaron en contra en el minuto 98 de la final de la Copa de África que habían dominado claramente frente a Marruecos. Fue un gesto sin precedentes que permitió a Senegal regresar al campo, parar el penalti, y ganar la final en la prórroga con un trallazo de Pape Gueye, el mediocampista del Villarreal. En la cuneta quedó Marruecos, el país organizador, después de una ola de entusiasmo popular que se volvió en contra de sus jugadores en forma de presión insoportable.
Marruecos no salió a ganar la final. Salió a evitar el fracaso. Ese fue el espíritu que animó al equipo de Regragui. Quizás el seleccionador de Marruecos procuró a sus jugadores el único mensaje y la única organización posible para enfrentar un partido de fútbol que adquirió condición de hito histórico nacional en la conciencia agitada de una hinchada cada vez más multitudinaria y convencida de su destino de grandeza desde que la selección alcanzó las semifinales del último Mundial, en Qatar. El estatuto de país organizador añadió gasolina al fervor patriótico. Hacía 50 años, en 1976, que Marruecos había logrado el título de campeón de África por primera y última vez. Se imponía una reedición. En el ojo del remolino se encontraron los jugadores obligados al éxito en un mandato implícito cuyo reverso inevitable es la amenaza de convertirse en responsables de la decepción de todo el país.













