La defensora de derechos humanos lamenta la falta de apoyo de la comunidad internacional a su pueblo, objeto de una “limpieza étnica”, según la ONU
“Es un genocidio”. “Hay que sancionar a los países que financian la guerra”. “Están muriendo de hambre”. Todas son frases que han sido repetidas en los últimos dos años acerca de la masacre en la franja de Gaza. Pero quien las pronuncia esta vez es Yasmin Ullah, una activista de 33 años, que no se está refiriendo al conflicto en Oriente Próximo, sino al trauma que vive su pueblo: los rohinyás. Esta minoría musulmana de Myanmar, país del sudeste asiático, es, según la ONU, objeto de una limpieza étnica desde 2017, aunque el hostigamiento por parte de las autoridades birmanas se remonta a décadas atrás.
Ullah no tiene recuerdos de su hogar. Su familia huyó a mediados de los noventa, cuando ella apenas tenía tres años. Desde el exilio, a medio camino entre Tailandia, donde creció, y Canadá, donde vive ahora, y siendo una apátrida, se inició en el activismo en defensa de su estirpe. Fundó la Rohingya Maiyafuinor Collaborative Network, una organización liderada por mujeres rohinyás en todo el mundo para buscar justicia y reparación para los cientos de miles que escaparon de Myanmar y para aquellos que todavía viven allí.






