El biólogo y experto en cetáceos Àlex Aguilar y el fotógrafo Max Aguilar recogen en un libro los vestigios y lugares de la caza del animal más grande del mundo en el norte de España
Sobre el azul furioso del Cantábrico se eleva un chorro blanco. Ha durado solo un segundo, lo suficiente para que el atento atalayero lo haya visto. Así que echa leña húmeda y hojarasca a la hoguera para que el humo avise al pueblo de esta aparición tan esperada. Enseguida se oyen las campanas, repican “a ballena”. Y ya los pescadores, con los arponeros al frente, empujan hacia el mar sus chalupas y pinazas. Los restos de aquellas atalayas desde las que se avistaban las ballenas son algunos de los vestigios que quedan de esta actividad centenaria. Junto a otros, aparecen recogidos en el libro La huella ballenera en el norte de la península ibérica, del biólogo Àlex Aguilar y el fotógrafo Max Aguilar, que acaba de publicar la Universitat de Barcelona.
Álex Aguilar, catedrático de Biología Animal, es un experto en cetáceos que formó parte del Comité Científico de la Comisión Ballenera Internacional. Ha investigado la pesca de la ballena desde Islandia y Groelandia hasta el Atlántico sur, y su conocimiento de esta actividad en España viene de primera mano, ya que trabajó en las últimas factorías balleneras gallegas durante la realización de su tesis doctoral. En una de ellas, en Caneliñas (A Coruña), fue destazada la última ballena que se cazó en España, el 21 de octubre de 1985. Era una hembra de rorcual común, medía 17,70 metros. Al año siguiente comenzaba una moratoria mundial para la pesca de ballenas que todavía continúa, aunque Estados Unidos, Rusia, Noruega, Dinamarca (en Groenlandia), Islandia y Japón siguen realizando esta actividad.






