Ambas multinacionales americanas ceden el control de su negocio a socios locales para mantener su presencia en un mercado cada vez más adverso
Durante las décadas de 1980 y 1990, cuando China se encontraba inmersa en su proceso de reforma económica, las cadenas de restauración extranjeras se convirtieron en uno de los símbolos más visibles de esa apertura. Comer una hamburguesa con patatas o una pizza era sinónimo de modernidad y acceso a un mundo exterior todavía lejano para la mayoría de la población. Eran experiencias, además, reservadas en exclusiva a las grandes ciudades, que iban incorporando poco a poco ese tipo de establecimientos como escaparate de una nueva China urbana....
Cuando en 1999 se inauguró el primer Starbucks del país, en el centro financiero de Pekín, el titán de Seattle no solo vendía un brebaje prácticamente desconocido para una sociedad de arraigada tradición de té. Ofrecía, sobre todo, un espacio para socializar, trabajar o dejarse ver; un punto de encuentro aspiracional para una clase media incipiente que empezaba a identificarse con hábitos de consumo globales. Ahora, el panorama es muy distinto. Starbucks se ha quedado rezagada frente a la irrupción de fuertes competidores locales, que han sabido adaptar su oferta a un consumidor extremadamente dependiente de las entregas a domicilio y cada vez más sensible al precio y a la novedad.






