Casi nunca capté su magia, pero a cambio sufrí infinitas horas de aburrimiento e irritación en una filmografía lamentablemente muy extensa
Directores de todo tipo, aunque la tendencia de la mayoría de ellos se acerque a las vanguardias, el experimentalismo, el cine independiente, la ruptura con todo lo que huela a tradicional, citan como el dios que revolucionó las pantallas y la forma de crear arte, abrió múltiples e inexplorados caminos a los jóvenes que pretendían contar historias con la cámara, ...
a un individuo llamado Jean-Luc Godard. Yo casi nunca capté su magia, pero a cambio sufrí infinitas horas de aburrimiento e irritación en una filmografía lamentablemente muy extensa.
Él definía la última parte de su obra no con esa definición tan vulgar de “películas”, sino que afirmaba realizar “ensayos fílmicos”. Bastantes de ellas lógicamente ni llegaban a estrenarse comercialmente. Solo se paseaban para regocijo de sus fans incondicionales en los festivales de cine. Menos mal que el público, esa cosa tan menospreciada por tanta bobería con complejo de ilustrada, no tenia la desgracia de sufrirlas.
Sin embargo, el arranque en el cine de este sobrevalorado señor (antes escribió con inteligencia y sentimiento del cine de los demás en Cahiers du cinéma) mediante Al final de la escapada tuvo su encanto. Volví a verla hace unos años y resistía bien. Por mi parte, ya no volví a percibir el encanto de su ópera prima. Al final de Nouvelle Vague un cartelito en la pantalla asegura que “esta película ha sido la más trascendente en la historia del cine”. Se han pasado. Pero los tópicos prestigiosos siempre funcionan.







