La estrategia danesa es buscar el diálogo con los miembros a los que consideran más pragmáticos de la Administración Trump

Cuando se despertaron el sábado con la noticia de que Estados Unidos había entrado ilegalmente en Venezuela para capturar a su presidente, Nicolás Maduro, en Dinamarca muchos pensaron que había llegado la hora: ellos podían ser los próximos.

No hizo falta que Donald Trump y su camarilla amenazasen, como hicieron en las horas siguientes, con invadir Groenlandia, territorio del Reino de Dinamarca. El presidente estadounidense lleva un año hablando de su intención de hacerse, por las buenas o por las malas, con la gigantesca isla al norte del hemisferio occidental, y el precedente venezolano encendió los peores temores en Copenhague.

“Yo enseguida pensé: Groenlandia”, decía el martes por la noche, en un bar del animado barrio de Vesterbo, Mads Clausager, un danés de 67 años, hijo de un mundo de bienestar y paz en el que todo parecía que siempre iría a mejor, y hoy, como tantos conciudadanos, estupefacto y algo inquieto. “Pensé en el primer ministro groenlandés, en qué estaría haciendo y dónde se encontraría”.

Pero resulta difícil imaginar a este primer ministro, Jens-Frederik Nielsen, cambiando de localización cada noche, o protegido por una guardia pretoriana como Maduro. Dinamarca no es un enemigo de Estados Unidos, sino un aliado, y uno de los más leales. Aunque el groenlandés Nielsen respondiese, ante la agresividad creciente de la Casa Blanca, que “ya basta de fantasías”, a cada declaración desde Washington parece claro que la anexión no es ninguna fantasía.