El parlamentario, de 69 años, se mostró siempre como un fiel servidor público al servicio de la sociedad

Una vez conocí a un hombre bueno. Fue en un ardiente verano de finales de los noventa. Mi jefe en EL PAÍS me pedía noticias para abrir la sección. Yo era el corresponsal político y no tenía información propia que contar al día siguiente. Por eso, me fui al Parlamento madrileño a intentar hablar con algún político de derechas o de izquierdas. Daba igual. A la desesperada. Algo me filtrarían. Siempre se me dio bien sonsacarles. Pero no había nadie. Solo dos conserjes rellenando crucigramas, un camarero sin clientes en la cafetería de la Asamblea y todos los despachos de los parlamentarios cerrados menos uno, el del socialista Modesto Nolla Estrada (Barcelona, 69 años), que falleció hoy lunes en Madrid.

Sentado junto a él estaba Maxi, su inseparable técnico, el que rebuscaba en archivos, ministerios, consejerías o registros para encontrar la documentación necesaria con la que sustentar las denuncias públicas de Nolla. No me vieron llegar. Hablaban sobre una instalación contaminante a las afueras de Madrid. Me quedé callado en el quicio de la puerta escuchando. La mesa estaba recubierta de informes, fotografías y gráficos de aquel monstruo de chimeneas humeantes y amenazantes.