El Gobierno ultima una norma para limitar la exhibición pública de los niños en la red. Abordará la responsabilidad de las plataformas digitales y el posible lucro de los padres
Ha renunciado a un viaje a Disneyland con su familia con todos los gastos pagados. A campañas de publicidad. Sabe que su perfil en redes sociales crecería, y también sus ingresos, si mostrara las caras de sus tres hijos. Pero Helena Fernández, con 1,3 millones de seguidores en Tiktok, ha decidido no hacerlo. Por convicción, por los riesgos, por evitar la sobreexposición. Tiene más que comprobado cómo las visualizaciones se disparan cuando los menores salen de alguna manera. “Si subo un vídeo mío bailando y otro con mi hija, con la cara tapada, el segundo se ve mucho más”. Los niños y las mascotas venden “una barbaridad”, dice. Ahora sus hijos mayores le piden salir, pero ella cuenta que no c...
omprenden bien las implicaciones, piensan que los van a ver sus amigos y compañeros de clase. “Si les pusiera a 100.000 personas delante y les dijera ‘estos ven los vídeos’, lo entenderían”.
La presencia de niños en las redes sociales es enorme. Estas navidades proliferan imágenes de críos en pijama, en comidas familiares, haciendo planes propios de la época. Y la casuística es variadísima: desde familias anónimas que comparten fotos de sus hijos de manera esporádica en sus perfiles privados hasta hogares que crean extensísimos álbumes en sus perfiles públicos. Pasando por influencers con cientos de miles de seguidores, incluso millones, que exponen al detalle las peripecias de sus hijos.






