Al menos otros cinco menores han perdido la vida en la Franja como consecuencia de las condiciones climáticas extremas

Iman Adnan Abu al Khair besa la ropa de su hijo Mohammed, que murió el pasado 14 de diciembre, tan solo 13 días después de nacer, por complicaciones derivadas del frío extremo en un campamento de desplazados en Al Mawasi, en Gaza. Saca cada prenda de la bolsa en la que las guarda, las acerca a su rostro y las besa. También las acerca a la carita de Mona, su hija mayor, que tiene dos años. Es una especie de ritual diario desde que perdió a su bebé.

Esta madre de 34 años se niega a regalar la ropa a vecinas que están a punto de dar a luz, rompiendo con la costumbre de las madres palestinas de distribuir lo que sus hijos ya no van a usar. Dice que su dolor es demasiado fuerte y que no puede desprenderse de esas prendas, que guardan el olor de su recién nacido. La mujer cuida con especial mimo esa bolsa, que ha decorado con tela azul, el mismo color que adorna la parte superior de su tienda y que compró cuando supo, en el cuarto mes de embarazo, que estaba esperando un niño.

Pero esa tienda, construida con trozos de nailon sostenidos por cuatro tablones de madera, se convirtió en la tumba de su hijo. “Se inundó varias veces con la lluvia”, cuenta a EL PAÍS la madre, licenciada en Filología Árabe por la Universidad Islámica. “Dentro, incluso al mediodía, las lonas están frías al tacto. Es un congelador que ningún ser humano puede soportar”.