Un recorrido de los Alpes a Roma, pasando por Lombardía y la Toscana, que sigue la parte italiana del viaje que dejó escrito el obispo Sigerico en el siglo X
El paisaje tiene memoria. El peregrino comienza su recorrido en las alturas, donde la lluvia en verano es nieve. Roma es su final, un camino empedrado hasta la plaza que adquiere la forma de un abrazo. Le esperan columnas, fuentes de agua clara y una cúpula que dejó de verse hace muchos siglos porque la fachada de San Pedro no entendió que el arte, en voz baja, llega siempre antes al alma de los hombres. De este recorrido trata Días de sol y piedra, mi viaje en bicicleta por la Vía Francígena.
Francígena. Repito su nombre en voz alta para que la sombra de los cipreses anticipe su silueta, para que las plazas de todo el norte de Italia amplifiquen el eco de sus piedras. Francígena, un camino de fe que ha servido para que los ejércitos crucen las montañas y lleguen sedientos de historia. Ahora estoy en el lago Júpiter, el único rastro de Roma que queda en el paso del Gran San Bernardo. Ante mí percibo 1.200 kilómetros de trazado. Tumbas, valles, trigales, iglesias, trincheras y ruinas. Esa es la memoria del camino, lo que el ser humano ha creado cuando dejaba de andar.






