Nadie podía anticipar que en el cielo del ‘blockbuster’ luciría tal densidad de superhéroes que se llegaría a temer la muerte del cine
El Superman de James Gunn, estrenado el verano pasado, marcó un momento oportuno para la reflexión en torno a la evolución y los claroscuros de un género cinematográfico que ha acabado dominando el paisaje global del block-buster, condicionando esa densa red de plataformas donde toda obra ha sido rebajada a la categoría nominal de contenido y que hoy ocupa el espacio antes conocido como Hollywood. Gunn par...
ecía empeñado en devolver al público una ilusión anacrónica: la de ese público potencial que, allá por 1978, esperaba el estreno del Superman de Richard Donner: en definitiva, la película que abrió la puerta a esta era de sobresaturación superheroica. Gunn, cuyo sello autoral se definía en el humor cínico, distanciado y metalingüístico de Guardianes de la Galaxia y, sobre todo, su radical El Escuadrón Suicida, apostaba por un registro muy distinto: formado en la Troma y lejos de toda sospecha de acercarse al imaginario del cómic sin verdadera pasión de fan, Gunn recibió intempestivas acusaciones de woke, mientras intentaba demostrar, con afilado ingenio, que, tras tantos años de justicieros oscuros y atormentados, quizás otro cine de superhéroes era posible.






