Grandes centrales eléctricas operan en territorio indígena en Guatemala, mientras la población local convive con apagones y generadores. Una consulta está en marcha para visibilizar el papel de las comunidades como guardianas del territorio
La sala de rayos X del hospital de Nebaj, el único de la región Ixil, punto de referencia para casi 170.000 habitantes del departamento de Quiché, en el oeste de Guatemala, deja de funcionar a las cinco de la tarde y no vuelve a arrancar hasta las 22.30. El gran generador a la espalda del edificio ruge con fuerza, pero no logra cubrir la demanda de todo el hospital cuando la electricidad registra un fallo importante. “Si el generador deja de funcionar, las personas entubadas en el área crítica pueden morir y quien necesita una radiografía debe pagar una clínica privada”, murmura un enfermero en los pasillos.
A pocos kilómetros, las turbinas de tres de las hidroeléctricas más grandes de Centroamérica no dejan de girar. Según el Observatorio de Industrias Extractivas, el 14,73% de la energía hidroeléctrica de Guatemala proviene del área Ixil, pero las centrales no alimentan directamente a las casas de la zona, donde hay menos del 80% de cobertura eléctrica. Y cuando hay, es de mala calidad.






