Esta vez se han encargado de conducir la gala el siempre entusiasta Aitor Albizua y una Lalachus que ha nacido para estos saraos
Solo hay un argumento para ver la televisión en Nochebuena: que te paguen por hablar de ella, como es mi caso. ¿Cuál es el suyo? Sorpréndanme. El más obvio es escapar de conversaciones incómodas durante una cena a la que demasiada gente asiste únicamente por compromiso. Y para evadirse sirve hasta ese discurso institucional del rey que seguimos todos, aunque sea de refilón. A mí me pilló en un bar, porque mi misión es reflotar la economía española desde el sector servicios y no cejo en el empeño ni en festivo.
Como estoy arrimando el hombro y el codo a la barra, no puedo detectar originalidad en sus palabras, pero desde luego sí en las formas. Esta vez se graba en el Salón de Columnas del Palacio Real, sencillez ante todo, y con el rey de pie como si fuese Carlos Franganillo y más moreno que Manu Güix, pero eso igual es cosa del contraste del aparato o del contouring. La realización es más moderna, aunque añoro los movimientos alambicados del emérito con sus pausas eternas antes de cada cambio de plano. Lo de este año resulta tan innovador que por momentos temo que nos acaben calzando algún recurso en realidad aumentada, esa tecnología de la que sacan pecho los informativos mientras nos cuentan una realidad disminuida.






