Se estrena el primer microdrama nacional, un género con episodios de entre uno y tres minutos que ha arrasado en China y América
Con la cremallera del plumas de estampado más veraniego imaginable hasta arriba y un suéter cuello cisne, baila frente al espejo del baño. La voz corpórea de un narrador nos la presenta: es Sofía, treintañera o casi; las navidades las va a pasar esquiando con su novio. Porque lo quiere —nos explica ese timbre cálido y resonante— y porque —asumimos nosotros— cualquier plan le apetece más que la regresión que supone cada vuelta a casa, con papá y mamá empeñados en infundirle el júbilo de las fiestas por la fuerza. Se cruzan unos mensajes, su hermano avisa en el grupo familiar de que llevará a su nueva novia, “¡qué bien, al fin la conoceremos”. Va a librarse, sí, hay alivio en su rostro reflejado en el cristal. Hasta que encuentra un post-it que lo trastoca todo: ni Baqueira ni novio. Fin del capítulo. Un minuto escaso de metraje.
Ya han llegado a España. Una novia por navidad, recién estrenada, es la primera producción nacional de este género; microdramas, los llaman. Series rodadas en formato vertical en las que cada episodio no dura más de un par de minutos, ficciones pensadas para consumirse como vídeos de TikTok o Reels de Instagram, el algoritmo haciendo equipo con el viejo poder de la narrativa de giros de guion y cliffhangers (odio los anglicismos, pero qué visual es este) para tenernos a todos así: abismados frente a la pantalla del móvil.






