El cantante Raphael durante su actuación en el Palau Sant Jordi de Barcelona. EFE/Quique García

Lara Malvesí |

Barcelona (EFE).- A Raphael no se le aplaude. Se le ovaciona. Cada fin de canción sigue una liturgia más propia de un bis, con el público puesto en pie y el artista yéndose hacia un lado del escenario, como si ya se acabara el concierto.

Esa ceremonia funciona como pacto tácito con sus fans para que todos sean conscientes de que cada momento es irrepetible y de que cada canción, cada concierto, puede ser el último.

Desde luego que el espectáculo que Raphael, que ha cumplido ya los 82 años, ha ofrecido esta noche en el palau Sant Jordi ante 6.200 entregadas almas no parecía una despedida, sino más bien un ‘hola de nuevo’ después de que hace un año Raphael viviera su segunda resurrección vital por problemas de salud.