EL PAÍS reconstruye la reunión clave en la que los Veintisiete abandonaron la idea inicial de financiar a Kiev con los fondos rusos pero dieron con una solución alternativa: la deuda conjunta
Cuando el pasado jueves los líderes de la UE reunidos en Bruselas se sentaron a la mesa de una cena tardía, compuesta por contundentes platos escandinavos —tostada de pan de centeno con pescado ahumado y mariscos, lomo de cerdo asado con chicharrón y arroz con leche y almendras—, hacía días que sus sherpas, que trabajan entre bambalinas para negociar los acuerdos, habían masticado y desgranado varias propuestas políticas para lanzar una solución “innovadora y creativa” de ayuda a Ucrania. También simbólica: que el Kremlin pague, aunque no quiera, por los daños causados por la invasión. Es decir, usar las reservas soberanas rusas congeladas en cuentas de la Unión, unos 210.000 millones de euros, para evitar la bancarrota de Kiev. No fue posible.
La negativa tajante de Bélgica, el país donde están custodiados la mayoría de los fondos rusos; los recelos de otros Estados miembros por los riesgos de la inédita fórmula y por las represalias del Kremlin; y el rechazo de los socios a cumplir las condiciones que exigía el Gobierno belga hicieron descarrilar ese plan inicial. A cambio, la UE activó una palanca de emergencia: la emisión de eurobonos para ayudar a Ucrania. Una solución mayúscula con implicaciones geoestratégicas complejas. Serán los contribuyentes europeos quienes sostengan al país invadido.









