Los ultras socios de Putin y Trump exhiben creciente influencia, pero la UE da un paso de peso con un nuevo endeudamiento común
La Unión Europea ha aprobado la erogación de un nuevo préstamo de 90.000 millones de euros a Ucrania que insufla un crucial chute de oxígeno a Kiev, cubriendo más o menos dos tercios de su estabilidad financiera durante dos años a intereses cero y sin tener que devolver mientras haya guerra y Rusia no repare los daños. Es un claro mensaje de que los europeos están dispuestos a sostener a su socio ante la embestida del K...
remlin, a seguir adelante pese a la espantada de la Casa Blanca, y lo hacen evitando los riesgos que sin duda entrañaba la opción del uso de los activos rusos congelados. La decisión además representa un paso notable hacia la normalización del endeudamiento común, que se repite, aunque con un formato diferente, después de la experiencia pandémica. Todo ello no es un resultado menor.
Ahora bien, conviene no confundirse. Si usted se pregunta quienes lideraron la oposición al uso de los activos rusos, la respuesta es: el ultra belga Bart de Wever, respaldado por la ultra italiana Giorgia Meloni y con la bendición del ultra húngaro Viktor Orbán. Donald Trump no quería que se aprobase. Y Vladímir Putin, por supuesto, tampoco. Había un consenso mayoritario sobre ese uso en los complejos términos diseñados por los expertos de la Comisión, y este se ha desplomado ante la numantina resistencia belga, que para dar su visto bueno requería garantías de un orden tan hiperbólico que la complicación devino luciferina. Esto dio pie a Meloni —que ya quería matar el plan, no por escrúpulos técnicos sino para complacer a Trump— para colocar la estocada. En ese punto, Enmmanuel Macron tampoco lo vio claro y cuajó el desistimiento de un grupo abrumado por la complicación del asunto.







