Muchos títulos para pequeños y adolescentes tratan de ayudarles, de forma más o menos directa, a comprenderse a sí mismos y afrontar sus preocupaciones, aunque también aumentan el riesgo de simplificar en exceso o caer en la moralina

Las jornadas de Lía resultan de lo más entretenidas. Huye de murciélagos gigantes, esquiva lluvias de meteoritos, evita que un terremoto la engulla. No hay pausa en la vida de la niña prehistórica que imaginó Raquel Díaz Reguera en la serie de novelas infantiles La tribu de Kai (Flamboyant), realizadas con Lucía Serrano. Pero ni la creatividad de la autora pudo prever una de las interpretaciones que ha recibido su libro: resulta que a muchos pequeños lectores les recuerda… el primer día en el colegio. De ahí que en varias escuelas lo aprovechen para actividades al respecto. “Jamás lo escribí pensando en eso”, se ríe la narradora al teléfono. Prueba de algo resabido: en mentes minúsculas caben las fantasías más grandes. Pero también de otro superpoder, de la literatura infantil y juvenil: ofrecer refugio, como el que busca Lía en una cueva cuando las catástrofes parecen multiplicarse. Y también comprensión, reflejo de la realidad, ayuda. En los mejores casos, sin que haga falta siquiera decirlo expresamente. Como un amigo, pero de papel.