La matanza de 300.000 personas, de la que se cumplen 88 años, es uno de los episodios más brutales de la guerra sino-japonesa
Bajo un cielo de mercurio, la bandera roja con cinco estrellas flamea a media asta. Centenares de personas vestidas de oscuro aguardan en perfecta formación como un ejército de sombras. Entre ellos hay militares, policías, estudiantes de mejillas sonrosadas y jóvenes pioneros con la pañoleta al cuello. Todos llevan una flor blanca prendida del pecho como una herida abierta y pálida. Erguidos y en silencio, apenas mueven un músculo mientras una voz repite por megafonía instrucciones para asegurar la “solemnidad” de la “ceremonia de conmemoración nacional”, que va a ser retransmitida. El acto está a punto de empezar. La voz pide mantener “una actitud recogida, un porte adecuado”; que aplaudan “tras el discurso de los camaradas dirigentes”, nunca antes; que canten “en voz alta” el himno nacional; que permanezcan callados durante el minuto en recuerdo por “las víctimas en Nanjing”.
Es sábado 13 de diciembre en la antigua capital de China. El frío probablemente sea similar al del mismo día de 1937 ―exactamente hace 88 años―, cuando las tropas imperiales de Japón, bajo las órdenes del comandante general Matsui Iwane, entraron en Nanjing e iniciaron uno de los episodios más brutales del siglo XX. Durante seis semanas, los soldados nipones masacraron a población civil indefensa, ejecutaron prisioneros de guerra, violaron a mujeres, redujeron la ciudad a escombros. Las estimaciones de asesinados han sido grabadas en varios idiomas en los muros negros del museo dedicado a la matanza, donde se celebra la ceremonia: “Víctimas: trescientas mil”. Nanjing conmemora cada 13 de diciembre la matanza para que no caiga en el olvido.






