La comedia cuenta la historia real de un bandido que atracó más de sesenta McDonald’s y que, tras ser arrestado, escapó y vivió escondido en un Toys R Us durante seis meses
En Granujas de medio pelo, un grupo de extravagantes y risibles ladrones alquilaba un local vacío contiguo a un banco, situado pared con pared con lo que podía ser el botín de sus vidas, y pergeñaban una brillante idea: con infinita paciencia, irían abriendo un túnel con el que introducirse en la sucursal, mientras la mujer de uno de ellos utiliza su nuevo establecimiento vendiendo sus galletas caseras como elemento de despiste. Se hicieron ricos, por supuesto, pero no como delincuentes, sino como pequeños empresarios gracias al enorme éxito de la repostera de la camarilla....
“Estas cosas solo se le pueden ocurrir a Woody Allen y a gente con su inimitable cerebro creativo”, tendemos a decir. Y, sin embargo, cuántas historias tan ridículas, sorprendentes y tiernas tenemos en nuestra realidad circundante para aprovecharlas como posible película a la que posteriormente aplicar el género, el tono y el estilo que mejor la defina. La de Roofman: un ladrón en el tejado sobresale por la cantidad de elementos sociales, políticos y culturales asociados al caso real, por lo estrafalario de las actitudes, y por el colorismo global de sus ambientes: Jeffrey Manchester fue un bandido que, a finales del siglo XX, asaltó más de sesenta McDonald’s entrando por un agujero que cortaba en el techo en medio de la noche; tras ser arrestado, escapó de la cárcel y vivió escondido en una tienda de Toys R Us durante seis meses alimentándose fundamentalmente de chuches.






