Surgen voces que se postulan en contra de la típica quedada para tomar algo o cenar y proponen soluciones alternativas, como invitar al otro a un plan cotidiano. En cualquier caso, lo más importante es abrir la posibilidad de diseñar encuentros a medida, más honestos y flexibles
Una mesa para dos, un camarero que despliega la carta con solemnidad y dos desconocidos que se esfuerzan por resultar agradables y llenar los silencios incómodos. Él piensa en qué pregunta (de las que le ha proporcionado ChatGPT) lanzar a continuación; y ella se pregunta si está moviendo demasiado las manos. La escena resulta fami...
liar: una cita en su versión más clásica, con todo lo que conlleva de ritual, de extrañeza, de expectativas y de presión. En teoría, la finalidad de una cita no es otra que la de conocerse. Pero, en la práctica, se parece más a un examen o a una entrevista de trabajo que a un encuentro entre dos personas que buscan una pareja.
En esas ocasiones, cada gesto, palabra y respuesta improvisada se califica y registra como si fuera parte de una lista mental de comprobaciones: ¿es suficientemente divertido? ¿Compartimos valores? ¿Hay chispa? Las citas clásicas parecen tener una especie de guion tácito que millones de personas de todo el mundo repiten cada día desde hace décadas. Pero, ¿tiene que ser necesariamente así? Psicólogos y especialistas en relaciones llevan un tiempo preguntándose si el ritual de la cita tradicional sigue teniendo sentido en la actualidad. O si lo tuvo en algún momento.






