Leila Méndez, compañera de profesión del genio británico, fallecido a los 73 años, recuerda el encuentro casual entre ambos en Londres que le enseñó a “concentrar la energía en lo que de verdad importa”

Al cumplir los 30 ya vivía de la fotografía y creía tener bastante claros mis referentes. La mayoría eran retratistas y fotógrafos de moda que publicaban en revistas como The Face o ID. Hasta entonces, quizá por puro desconocimiento, no conectaba con la fotografía documental que veía en los libros y periódicos, la asociaba a un lenguaje muy serio, algo rígido y casi siempre en blanco y negro....

Ese prejuicio se vino abajo el día que cayó en mis manos un libro que me dejó del revés: The Last Resort, la serie de Martin Parr en New Brighton, un estudio sobre la clase trabajadora británica en vacaciones. Nunca había visto nada parecido: un color tan goloso que se te quedaba pegado en la retina; un lenguaje nuevo y valiente, crudo y, sobre todo, lleno de humor. Había en su mirada algo a la vez generoso e ingenioso.

Ese año pasé un par de meses en Londres con mi pareja. Creíamos que todo lo nuevo pasaba allí y, aunque todavía no se hablaba de fomo, nos empeñábamos en no perdernos nada: días enteros entre fotos y vinilos, y noches aún más intensas, metidos de lleno en lo que entonces se llamaba cultura de club.