El francés, con dos goles y una asistencia, lidera una contundente victoria contra el Athletic con la que el Real, intenso y con determinación, mantiene el pulso al Barça, que se había escapado cuatro puntos
El Real Madrid se presentó en San Mamés, uno de los escenarios futbolísticos más exigentes, acuciado por las dudas de su rumbo errático y por el estirón del Barcelona, que había solventado el día antes su difícil cita contra el Atlético y se había alejado cuatro puntos en la cabeza de la Liga. Sobre esa cornisa en la que parecía empezar a tiritar incluso Xabi Alonso, el Madrid despachó una estupenda función comprometida e intensa en La Catedral, cabalgando sobre el momento de inspiración extraordinaria de Mbappé (dos goles y una asistencia), las paradas de rutina imposible de Courtois y la puntería mortífera de los pases largos de Trent, que se retiró lesionado.
Así se mantuvo enganchado a la Liga y ganó unos días de paz para su técnico y para el crecimiento de un proyecto aún balbuceante, a solo una semana de la temible visita del City al Bernabéu.
En este contexto, el Real respondió con certezas de una solidez desacostumbrada, sin posponer la tarea en San Mamés. Lució otro aire desde el comienzo, con intensidad, determinación y más velocidad en la circulación de la pelota. Se tiró a por el encuentro como suele hacerlo el Athletic cuando recibe a los blancos, día grande en Bilbao. El equipo de Xabi tenía todos los interruptores hacia arriba, con más convicción que otras tardes, con menos dudas y rodeos insustanciales en el centro del campo. Por ahí se le solía apagar la luz y Tchouameni parecía remolonear en círculos, indeciso y sin inspiración. Esta vez no tenía la compañía de Güler, que empezó en el banquillo, sino la de Camavinga, muy atento al corte y mirando siempre hacia delante, sin enredos.









