Todos los debates europeos se producen ahora en una región periférica que lucha contra la despoblación

Desde mediados del siglo XIX los profesores de instituto díscolos eran enviados lo más lejos posible de Madrid. Badajoz, a cuatrocientos kilómetros de la capital, recibió un número importante de esos docentes krausistas, librepensadores a su manera y muy interesados en las técnicas educativas modernas, hasta llenar el viejo instituto provincial de linternas mágicas, animales naturalizados, mapas de todo el mundo y láminas de biología; lo que para algunos debió vivirse como un destierro fue la oportunidad de otros muchos, que pudieron estudiar a la altura de su tiempo, como en Bruselas, Berlín o París....

Esos instrumentos —el gabinete culmina con un solitario ornitorrinco— ahora enseñan historia de la ciencia en Extremadura, una región enorme dividida en dos provincias, que en el conjunto de España puede parecer, por su diversidad, un continente en miniatura apenas poblado, una isla interior que roza el millón de habitantes y se resiste a la etiqueta de España vacía. Esta comunidad fronteriza que hemos acabado llamando Oeste —la poeta Pureza Canelo se refiere así a su tierra—, por la que la Revolución Industrial pasó de puntillas y siempre estuvo en los últimos lugares de cualquier índice de desarrollo, ha experimentado con la democracia y el estatuto de autonomía el periodo más luminoso de su historia; hoy Extremadura es incapaz de imaginarse de otro modo que no sea desde el autogobierno. Con todo, esta tierra se definía —en algún caso con satisfacción— como un lugar periférico en un país periférico, acostumbrada a que todo llegase con un eco apagado: la modernidad, el progreso, incluso la reacción al progreso tardaría en asentarse. Alrededor de estas circunstancias, un cierto espíritu de comunidad acuñó un lema que, durante años, explicó esa forma de entrar en el mundo contemporáneo: “Más despacio, pero todos juntos”.