En Doral, la ciudad con mayor concentración de venezolanos en EE UU, los residentes se encuentran divididos entre quienes ven una acción militar contra Maduro como la única salida posible y quienes apuestan por el diálogo
A media mañana, en El Arepazo —una de las cafeterías más icónicas del exilio venezolano en la ciudad de Doral, en el sur de Florida— el murmullo habitual del local parece más medido de lo normal. Las pantallas, antes monopolizadas por la política de Caracas, hoy muestran partidos de béisbol o canales de noticias estadounidenses. Los clientes pasan, piden café, arepas o cachitos, y se marchan sin detenerse demasiado. No hay discusiones políticas en las mesas. Estos días, nadie, o casi nadie, pronuncia en voz alta la palabra “intervención”.
Aquí, donde las tertulias sobre Venezuela formaban parte del paisaje cotidiano, el silencio se ha vuelto la norma. “La gente prefiere callar”, comenta un empleado mientras pasa un paño por una mesa recién desocupada. Callar, dice, “por si acaso”. El miedo a represalias del Gobierno de Nicolás Maduro, la preocupación por los familiares que siguen en el país, o simplemente la prudencia de quienes tienen procesos migratorios abiertos en Estados Unidos hace que muchos prefieran mantenerse en silencio.







