La mirada literaria de esta autora y activista gitana está atravesada por la defensa de la personalidad, la dignidad y la historia de un pueblo perseguido. Pero ella es muchas más cosas, y no piensa renunciar a ninguna.
Si te asomas al mar desde el Pico de la Aguilica o el paseo marítimo de los Pescadores, en el municipio murciano de Águilas, algunas veces se ven pasar delfines y, alguna otra, puedes ver cómo una gaviota le devora la cabeza a una paloma. La escritora Noelia Cortés admite que haber crecido allí (aunque nació en Albox, Almería, hace 29 años), junto al mar, puede haber influido en su amor por la literatura victoriana, gótica y romántica. Y como además es gitana, orgullosa hija de trabajadores del campo y nieta de Rosa, canastera que nació en una...
cueva, su voz literaria está atravesada por un discurso de defensa de la personalidad, la dignidad y la historia de un pueblo que ha sido sistemáticamente perseguido y estigmatizado desde que hay memoria: este 2025 se han conmemorado los 600 años del primer registro de la presencia gitana en España.
De leer con fruición, Cortés pasó, de forma natural, a escribir —“Yo en mi cabeza pienso escribiendo”— y, cuando le dieron un premio a los 17 años por un poema sobre un cementerio inglés —¿cómo no?— que hay en Águilas, se animó a continuar y a tomárselo más en serio. No tanto como para atreverse a soñar todavía con dedicarse a ello profesionalmente —ha trabajado muchos años como auxiliar técnico de farmacia—, pero sí para colocarlo en el centro de un mundo de amistades y complicidades. Ese que nunca encontró en el colegio ni el instituto —“recuerdo un profesor que me decía: ‘Tú de mayor vas a ser ATS, a los tomates seguro, como tus padres”—, sino en una especie de círculo artístico que acabó construyendo, primero, en su pueblo —“ojo con la creatividad que hay en Águilas”, dice—, y después, a través de las redes sociales.






