Obligados por la violencia y el dolor, el recuerdo y la justicia nos comprometen a todos

En los viernes de un estudiante universitario siempre hay un diálogo interior entre la responsabilidad y el deseo. No salir y estudiar hasta tarde, o salir con amigos a escuchar un concierto de música entre el Marais y Oberkampf. Esa era la cuestión aquel día. Se acercaba peligrosamente la mitad de noviembre y, esta vez, ganó la responsabilidad. Una decisión aparentemente sin importancia fue decisiva. No podía ni imaginar de qué manera quedaría grabada en mi memoria. Era 13 de noviembre de 2015. Pocas horas después, París se llenó de ruido y de miedo. Hubo estallidos, sirenas constantes, gente corriendo desorientada… El caos y el terror se apoderaron de la noche. ...

Solamente habían pasado diez meses desde el atentado contra la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo y la posterior ola de solidaridad internacional. Dos atentados en menos de un año. Después del tiroteo, recuerdo que Le Monde publicó un mapa que mostraba, casi en tiempo real, la huida de los terroristas atravesando la ciudad. Las autoridades decretaron el estado de emergencia. Toda esa noche, como relató una víctima del Bataclan, parecía una película de terror, en la que “podían volver a dispararnos en cualquier momento”. En total, se notificaron 130 muertos y más de 350 heridos. La población quedó confinada en sus casas, pero incluso en medio de aquella pesadilla hubo personas que abrieron sus puertas a quienes lo necesitaban.