Tras la derrota en el Clásico, el 10 del Barça quedó tocado físicamente y emocionalmente y se centró en su recuperación para encontrar su mejor versión
Era jueves 30 de octubre, cuatro días después del clásico en el Santiago Bernabéu. Un testigo asegura que lo vio lagrimear: “¡Estaba llorando!”, exclamó. Otros, en cambio, afirman que simplemente estaba angustiado. “No sé si lloró o no; lo que sí sé es que necesitaba un reset”, destacan quienes lo conocen. En lo que todos coinciden es en que, en el silencio habitual de esa hora de la tarde en la Ciudad Deportiva Joan Gamper, después del entrenamiento...
del equipo de Hansi Flick, el joven futbolista no lograba entender con claridad su propio ruido interno. Estaba dolorido físicamente y agotado emocionalmente. Hablaban de Lamine Yamal, el futbolista que maravilla al mundo del fútbol y que, al mismo tiempo, ocupa —y preocupa— al Barcelona. También lo disfrutan, claro. Desde aquel día, el 10 ha jugado cuatro partidos. ¿El saldo? Tres goles y tres asistencias.
Para entender qué pasaba por la cabeza de Lamine ese día no basta con rebobinar hasta el clásico en el Bernabéu. Hay que ir un poco más atrás: al verano.
Sin compromisos con el Barcelona ni con la selección, Lamine quería un verano para desconectar después de un año en el que se había ganado, en el campo, un lugar en el foco del fútbol mundial. Quería conocer a su ídolo Neymar y celebrar una fiesta memorable por su cumpleaños número 18.






