Los defensores argumentan que la tasa actúa como un mecanismo redistributivo, mientras los detractores lo consideran un obstáculo a la inversión
Sentado en su villa junto al lago en la ciudad suiza de Lucerna, Borger Borgenhaug echa de menos a sus nietos y el aroma del mar nórdico en una clara noche de verano. El carpintero convertido en empresario inmobiliario afirma que ese es el precio que tiene que pagar para escapar del impuesto reforzado sobre el patrimonio de Noruega, un gravamen anual que ha llevado a cientos de millonarios a vivir al extranjero, al tiempo que ha apuntalado una de las sociedades más igualitarias del mundo.
“El clima político en Noruega se ha vuelto cada vez más hostil hacia los empresarios”, dice a Reuters Borgenhaug, quien dejó el cargo en 2022.
Con un impuesto sobre el patrimonio que data de 1892 y una cultura de transparencia que permite a los ciudadanos consultar las declaraciones de impuestos de otros, Noruega tiene más experiencia que la mayoría en exprimir a los ricos. Su modelo ofrece lecciones para países que debaten medidas similares, desde Gran Bretaña hasta Francia e Italia, o incluso una ciudad como Nueva York.
En resumen: un impuesto sobre el patrimonio ahuyentará a algunos millonarios, pero si se establece de forma lo suficientemente amplia, los ingresos aún pueden merecer la pena.







