El presidente de Sudáfrica resiste el boicot y las presiones de EE UU y conduce la cumbre de Johannesburgo hacia una declaración común que incluye conceptos anatema para Washington

Ante las embestidas de Trump, algunos líderes optan por contemporizar. Cyril Ramaphosa, presidente de Sudáfrica, decidió plantar cara....

Las premisas, para el anfitrión del G-20, eran bien complicadas. El presidente de Estados Unidos le tendió una emboscada diplomática el pasado mayo, cuando durante una visita de su homólogo sudafricano a la Casa Blanca enarboló una manipulada retórica en contra del presunto genocidio que se está produciendo en Sudáfrica contra los blancos, una acusación desprovista de fundamento, ya que ha habido episodios de violencia, pero nada remotamente cercano a los presupuestos para cumplir con la definición de genocidio. Trump proyectó un vídeo, entregó recortes de prensa, puso en dificultades a Ramaphosa, que trató de defenderse en una situación sumamente complicada. La escena recordó de alguna manera el ataque al presidente ucranio, Volodímir Zelenski, en el mismo Despacho Oval.

A partir de ahí, Trump ha tensado la cuerda hasta el punto de no solo eludir viajar a la cumbre de Johannesburgo, sino de boicotearla por completo -esgrimiendo las mismas acusaciones de genocidio, mientras ha recibido con honores al israelí Benjamín Netanyahu-, dejando la silla de EE UU vacía y reclamando que la cita no culminara con una declaración conjunta, alegando que el G-20 es una organización que funciona por consenso y, sin Washington, no podía emitir un texto común. Por último, la Administración de Trump quiso enviar a la ceremonia de clausura de la cumbre a su encargado de negocios en Sudáfrica, Marc D. Dillard, para recoger el relevo, ya que Estados Unidos es el siguiente presidente de turno del grupo.