Lecquio falleció televisivamente a los 65 años de edad tras permanecer en pantalla durante tres décadas. Deja decenas de mujeres vapuleadas verbalmente, menospreciadas y señaladas
Alessandro Vittorio Eugenio Lecquio di Assaba falleció televisivamente a los 65 años de edad, después de permanecer en pantalla desde hace tres décadas. Deja decenas de mujeres vapuleadas verbalmente, menospreciadas y señaladas por no estar a la altura (ejem) de semejante perla, que diría la Rosalía. Deja compañeras de cadena sobre las que ha destilado clasismo, condescendencia y gritos, muchos gritos. “Caro Dado”, como le llamaba el periodista Jesús Mariñas (otro que…) no sabía hablar de otra forma que no fuera a muchos decibelios, mirándose orgásmicamente a sí mismo mientras escuchaba la sintonía de la película El padrino con la que adornaban sus intervenciones, mientras daba a entender a cámara: “Soy inmortal y soy impune, ¿no os dais cuenta, imbéciles?”.
Deja compañeros silenciados, unos por cobardía, otros por miedo, otros por supervivencia. Deja madrinas y padrinos de lujo y de luto, esos que lo han defendido siempre. Los que resumen todo en una especie de “ya sabéis cómo es el niño, que tiene sus cosas”. Compañeras de pupitre afectadísimas durante 30 segundos, que comparten con él la indecencia y sus exquisitos valores, que harán eso de “el muerto al hoyo y el vivo a Fuencarral”.






