Pese a mentidos y desmentidos, las declaraciones y revelaciones del rey emérito siguen asombrándonos
Ocurre a menudo con muchas personas que hablan y hablan hasta marear, pero no saben lo que dicen. No se trata de que no lo piensen, cuidado, es distinto: sencillamente, no lo saben. Hay una diferencia y un matiz importante. De ignorancia, para empezar o algo peor, de conciencia del lenguaje. Esa tara afecta sin ninguna duda al rey Juan Carlos. La discreción jamás fue su virtud más destacada. Lo vimos capaz de alentar de una manera inconsciente, por pura verborrea y a fuerza de ser muy pesado cuando conspiraba, el
noticias/23-f/" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/noticias/23-f/" data-link-track-dtm="">golpe de Estado del 23-F. Entonces, machacó a todo aquel se le pusiera por delante con que le quitaran del medio a Adolfo Suárez, como demuestra Javier Cercas —y ahora en la gran serie que se ha hecho sobre la novela en Anatomía de un instante. ¿Qué no dirá entonces el monarca a lo largo de las 512 páginas de sus memorias?
Cuando bajo el título de Reconciliación —ven como carece totalmente de conciencia del lenguaje— aparezca el libro en español ya no nos va a merecer la pena comprarlo por todo lo que se ha ido desvelando. A la mera curiosidad satisfecha del contenido por entregas —y sobresaltos de alucinación— se une nuestro límite de paciencia: ¿Quién va a soportar en letra impresa toda esa catarata de disparates? Hasta el punto de que, como me dijo el otro día una eminente amiga corresponsal italiana, entran ganas de parafrasearlo a él mismo en aquel episodio con Hugo Chávez y soltarle: “Juan Carlos, ¿por qué no te callas?”.






