Desde EE UU, Kissinger quiso favorecer “cambios graduales”, mientras la prensa británica se dividió entre la confianza y el recelo hacia Juan Carlos

El 5 de noviembre de 1975. Franco agonizaba. Henry Kissinger, secretario de los Estados Unidos, envió un cable al embajador en España, Wells Stabler, con instrucciones sobre “la posición de US durante la transición”: favorecer cambios políticos graduales “hacia una sociedad más abierta y plural”; la transición debería estar en manos de “gente conservadora”; la participación de comunistas en un futuro gobierno sería “dañina” y “perjudicaría los vínculos con Estados Unidos y las insti...

tuciones de Europa occidental”. Además, Kissinger esperaba que los países occidentales europeos participaran en el funeral de Franco y en la coronación de Juan Carlos “como una valoración positiva del futuro, no en términos de recriminaciones sobre el pasado”.

El 23 de ese mes, tres días después de la muerte de Franco, en la misa de cuerpo presente en la plaza de Oriente, presidida por los nuevos reyes de España, no estuvieron, sin embargo, las autoridades de las democracias europeas. Entre los mandatarios extranjeros, destacaba la capa gris del general Augusto Pinochet, junto a su esposa, Lucía Hiriart; el rey Hussein de Jordania; Rainiero de Mónaco y la primera dama filipina, Imelda Marcos. La gran nación amiga, que había sostenido a Franco en el mundo desde 1950, estuvo representada por el vicepresidente Nelson Rockefeller: “España contará con la firme amistad y el apoyo de Estados Unidos al entrar en esa nueva era de su larga historia”.