Armenia busca desvincularse del dominio ruso en un contexto regional en el que múltiples actores buscan proyectar su influencia

Desde lo alto de la colina del complejo de las Cascadas de Ereván, en una cristalina mañana de otoño, la mirada queda hipnotizada por la majestuosa belleza del Monte Ararat, que se yergue al sur de la capital armenia, ya en territorio de Turquía. El eco de mitos milenarios refuerza su magnetismo. Pero, quienes lo desean, también pueden abarcar con la vista algunos elementos clave del pulso de potencias actual en el Cáucaso, que involucra a Rusia con sus deseos imperiales, a Estados Unidos con su sed de deals trumpistas, a la Unión Europea con sus anhelos y dudas de ampliación, a Turquía con sus aspiraciones de potencia media, y a China con sus intereses de conectividad. También pueden...

percibirse los signos del turbulento camino de los armenios que desean democracia y miran hacia Europa, de un mundo que cambia a velocidad vertiginosa en medio de enorme incertidumbre.

A los pies de la extraordinaria montaña, en el valle que discurre en su flanco oriental, se halla uno de los cruces de fronteras más complejos del mundo: en una superficie diminuta colindan los territorios de Turquía, Irán, Azerbaiyán y Armenia, siendo estos dos últimos países enfrentados durante décadas en un enconado conflicto que parece ahora en vías de solución. Es un nudo de nervios, donde confluyen cristiandad e islam, y donde converge un notable interés de conexión geoeconómica entre Europa y Asia Central (con todos sus recursos energéticos) o China (con su extraordinario potencial comercial) sin tener que pasar por Rusia o Irán, dos Estados que, por distintas razones, no inspiran mucha confianza.