Durante demasiado tiempo los manuales y profesores y maestros siruela de periodismo insistieron en la “objetividad” como virtud básica de la profesión. La objetividad no existe.
Nuestro mundo bulle de batallas. La guerra de las enciclopedias es una que, sin embargo, nadie imaginó.
La palabra enciclopedia es fuertemente griega pero empezó a importar hacia 1750, en París, cuando un grupo de “filósofos” —que ahora llamaríamos, con perdón, intelectuales— complotaba suavito contra las tiranías de la época: el rey, la Iglesia y todos sus mandamientos. Eran tiempos —también aquellos— en que saber era la forma de rebelarse contra las supersticiones de la mayoría.
Entonces dos señores, Denis Diderot y Jean d’Alembert, unieron para siempre sus nombres en un atrevimiento: compilarían una Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers, un espacio donde reunir todos los conocimientos de la época —y revelar todos sus engaños. Para eso pidieron artículos a muchos de sus compañeros: estaban, por supuesto, Voltaire y Rousseau y tantos más. Fueron 28 tomos a lo largo de 20 años, 71.818 artículos, amenazas y cárceles para sus autores, tantas ideas nuevas. Aquellos intelectuales, que todavía llamamos “enciclopedistas”, abrieron el camino de la Revolución Francesa.






