El país africano ha retirado los trámites más arduos del visado y ofrece lugares huérfanos de visitantes extranjeros, con miles de kilómetros de costa, un desierto con oasis y espacios para la memoria
Si África narrara su historia a través del subsuelo, hablaría del alumbramiento de la humanidad, de la incubación de los recursos que han configurado sus fronteras o de los bienes tangentes para empresas extranjeras. En el caso de Angola, este estrato mostraría la riqueza del
petroleo-no-sacia-el-hambre-de-angola.html" data-link-track-dtm="">petróleo, de los diamantes o del oro. Pero yendo a la parte superior, la opulencia oscura de este país se transformaría en un paisaje diáfano, de amplios horizontes y tierras luminosas. A lo largo de la superficie se podrían contemplar kilómetros y kilómetros de litoral sin barreras de un desierto rocoso con paraísos remotos o de formaciones montañosas con un perfil de jíbaro bañado en mostaza. También se podría cabalgar durante horas a través de campos de arbustos escoltados por todo tipo de baobabs.
Durante el viaje por esta nación africana se interrumpirá el camino por el paso de niños conduciendo una circunferencia de alambre; en puestos de comida donde las sartenes burbujean guisos de carne o de verdura, bloques de arroz blanco o el funge, un puré de harina de maíz y agua que se sirve a golpe de cazo; o con el saludo amable y sonriente de diferentes miembros de tribus ancestrales, de campesinos atareados o de niñas soportando el peso de un peinado cargado de abalorios. Eso sí, en Angola, con una historia marcada por la guerra civil y el blindaje de sus fronteras, los souvenirs escasean. Es más fácil recopilar casquillos de bala calcinados y cubiertos de óxido que un imán de nevera. Aun así, el país está haciendo esfuerzos por mejorar ese escollo turístico: ya hay algunos carteles de sus atractivos más destacados, guías que acompañan a los viajeros por los senderos y agencias locales que ofrecen información al extranjero.






