El entrenador habla de cómo el fútbol trasciende el deporte, de la situación que se vive en Gaza y de cómo la guerra ha contaminado todos los aspectos de su equipo
Ehab Abu Jazar, de 45 años, se crió entre Khan Yunis y el paso fronterizo de Rafah, tristemente famoso por los miles de camiones humanitarios bloqueados por el ejército israelí. Allí, en los años ochenta, un niño aprendía a soñar con un balón en los pies en las calles áridas que rodeaban una casa que ya no existe y a pocos pasos de la desesperación de los muchos campamentos de refugiados que rodean la ciudad suroccidental de la
na-de-hamas.html" data-link-track-dtm="">franja de Gaza. Entre el polvo y el ruido de un conflicto perenne, aquella pelota desconchada era su universo, su manera de imaginar un futuro distinto, pese a la guerra, la escasez y el miedo constante. Ese niño es hoy el entrenador de Palestina. Su historia encarna la compleja realidad de un país en conflicto: la resiliencia frente al dolor de la pérdida y de la distancia, la esperanza que surge en medio de la destrucción y la fuerza que el deporte puede dar a un pueblo entero. Entre los recuerdos de partidos improvisados en callejones polvorientos y los duros días de una guerra que también le arrebató a su padre, Ehad ha aprendido a transformar el miedo y la tristeza en motivación, llevando la voz de su gente a cada entrenamiento y cada partido de su selección nacional.







