Un mes después de la entrada en vigor del alto el fuego en el enclave palestino, el futuro de los gazatíes sigue tan incierto como antes del acuerdo

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, protagonizó el pasado 13 de octubre una cumbre en Egipto en la que firmó la tregua para Gaza y en la que se jactó de terminar con 3.000 años de conflicto en la región. Lejos de las paredes del Despacho Oval que le oyen repetir la misma idea desde entonces, la realidad sobre el terreno en la Franja es la de unos

="https://elpais.com/internacional/2025-10-22/el-tribunal-de-la-onu-dictamina-que-israel-esta-obligado-a-aceptar-y-facilitar-la-ayuda-humanitaria-a-gaza.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/internacional/2025-10-22/el-tribunal-de-la-onu-dictamina-que-israel-esta-obligado-a-aceptar-y-facilitar-la-ayuda-humanitaria-a-gaza.html" data-link-track-dtm="">residentes que carecen de los derechos y de las necesidades fundamentales, y el de un alto el fuego con un camino hacia la paz tan improbable que Kim Ghattas, experta en la región, escribe en The Financial Times sobre la “disonancia entre lo que Trump cree que está consiguiendo” y la realidad.

La primera fase de la hoja de ruta de Trump está prácticamente completada. Hamás ha devuelto a casi todos los 48 rehenes vivos y muertos que tenía en su poder, e Israel lo ha correspondido con la devolución hasta el lunes de los restos de 315 presos palestinos, de los cuales solo 91 han podido ser identificados al estar fragmentados o en descomposición. Todo, mientras las mayores hostilidades han cesado y las autoridades israelíes han permitido un leve incremento del flujo humanitario, aunque lejos de lo que exige el acuerdo y de la ausencia de restricciones que la Corte Internacional de Justicia reclama.