El biólogo, fallecido a los 89 años, deja un legado científico que roza las alturas de los nobeles Santiago Ramón y Cajal y Severo Ochoa

El que era uno de los científicos más célebres del mundo, el británico Francis Crick, codescubridor de la estructura del ADN, alertó en el verano de 1975 de las ideas revolucionarias que estaban saliendo de un laboratorio de Madrid y pasando demasiado desapercibidas. Una persona es un ser de 30 billones de células colocadas, tras una coreografía inconcebible, a partir de un único óvulo fecundado. Aquellos españoles, trabajando con moscas, habían descubierto que los organismos vivos, tras la multiplicación de la primera célula solitaria, se desarrollan en módulos, en compartimentos estancos regulados por un puñado de genes: alas por aquí, patas por allá, ojos acullá. Ninguna célula cruza esas fronteras invisibles, como la que marca el límite entre la parte posterior de un brazo y su parte anterior. El líder de aquel laboratorio, el biólogo madrileño Antonio García-Bellido, uno de los mejores científicos de la historia de España, ha fallecido este lunes a los 89 años.

El investigador contaba que fue uno de esos niños empeñados en “abrir el juguete y ver cómo funcionaba”. Tras formarse desde 1959 en Reino Unido, Suiza y Estados Unidos, García-Bellido montó su propio laboratorio en 1968 en el Centro de Investigaciones Biológicas del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en Madrid. Quería averiguar cómo, a partir de una única célula, aparecía una mano, un ala, una antena. “El problema es cómo se hace la forma, por qué los órganos tienen forma. Es un problema de poblaciones celulares, de lo que se dicen unas a las otras para tener más o menos células en una dimensión; y del tamaño, que es específico de las especies. Todavía es un gran reto conocer cómo los genes que están en las células hacen que las poblaciones celulares tengan unas dimensiones prescritas por los genes, y cómo se transforma esa información en el tamaño y forma”, reflexionaba el biólogo en una entrevista con EL PAÍS en 2006, con motivo de su jubilación.